Siguiendo con mi firme propósito de convertirme un día en Alberto Contador (no por lo del dopaje, ehhhh!), el domingo pasado culminamos una ruta que teníamos pendiente desde hacía 2 semanas, y que había tenido que ser suspendida por la lluvia.
Habíamos quedado a las 9 en Girona, en la estación de tren. Y allí nos vimos, 12 bicicletas con sus 12 jinetes, todos mojándose bajo la lluvia. La maldición de los domingos de finales de invierno se volvía a cebar con nosotros. El café mañanero nos ayudó a decidir, y a los pocos minutos andábamos cual caballos veloces y voladores (vaya flipaera que tengo hoy con las metáforas literarias) buscando el inicio de la Vía Verde del Carrilet I. Vale, que ya están muy vistas, que hay mucha gente,...
¡Pues no! Obviamente, la gente de mente ordenada y obediente al instinto de conservación de la especie que le indicaba que si salía agarraría una neumonía como poco, decidió quedarse en casa tranquilamente viendo la tele en lugar de salir a embarrarse al campo. Y así fue como empezamos la ruta sin nadie en el camino.
Para los que no hayan oído hablar de las Vías Verdes, son antiguas vías de tren que se han reconvertido en pistas de tierra para caminar, galopar, ir en bici... Es una red nacional (lo digo porque en Cádiz también hay una pequeñita que ya tengo en mente!), y no os pongo el link pa que mirés en el Google... Basta ya de facilidades, mecagüentó.
Al llegar a los 10 km más o menos, las fuerzas de algunos jinetes y jinetas empezaron a menguar, y el grupo sufrió una fragmentación, tras la cual la mitad siguió unos kilómetros más ( a un ritmo más tranquilo) y la otra mitad decidió la dura hazaña de llegar hasta Sant Feliu de Guíxols (40 km ida...luego 40 km vuelta). A estas alturas, el tiempo había mejorado y ya no llovía (¡milagro divino!, ¡gracias, Zeus!).
El viento limpio y fresco después de una mañana de lluvia nos acariciaba la cara mientras contemplábamos los campos verdes a ambos lados de la pista, los cultivos de ciertos árboles frutales que a día de hoy aún no sabemos qué eran... las subidas, bajadas y más subidas... Las risas, los sprints espontáneos, el pararnos a echarnos fotos en cada estación (antigua)...
Al fin llegamos a nuestro destino, donde engullimos nuestros bien merecidos bocadillos y patatas y galletas... y litros y litros de agua frequiiiita... Con la playa de Sant Feliu de fondo.
La vuelta ya no fue tan agradable, pero igualmente disfrutamos del compañerismo que nos hacía pararnos cada vez que alguien ya no podía mas. Era curioso, cuanto menos fuerzas nos quedaban, más risa nos daba todo. ¿Falta de oxígeno en el cerebro? Juzguen ustedes mismos.

La llegada a la meta la celebramos con un buen baño de agua a presión en una gasolinera. Baño a las bicis, está claro, que estaban guarrísimas. Al día siguiente no sé cómo fuimos capaz de dedicarnos cada uno a lo que es el curro en sí. Yo creía que me había roto algo de dentro de las rodillas de lo que me dolían. Pero a los dos días todo pasó y sólo nos quedó un recuerdo increíble de este domingo en que hicimos 80 km en 7 horas de pedaleo...Ojalá se pueda volver a repetir pronto...