Hace exactamente siete días nos encontrábamos alrededor de una mesa, al aire libre, inmersos en la vorágine de ingesta compulsiva que suele acompañar a las calçotadas, bajo el incipiente sol de la pre-primavera. Mientras elegía cuidadosamente el calçot que saborearía a continuación, me pregunté de dónde habría salido la curiosa costumbre catalana de hartarse de cebollas carbonizadas a finales del invierno.
Pues resulta que un buen día, a un campesino a finales del siglo XIX se le pasaron unas cebolletas que estaba preparando a la brasa. Quedaron carbonizadas por fuera, y en lugar de tirarlas, les quitó las capas más externas quemadas y descubrió que quedaba muy tierna y sabrosa por dentro. A este muchacho se le conoce como "El Xat de Banigues" (vete a saber el nombre que le pondría su mama).
La forma tradicional de cocinarlos es sobre la llama viva, sin esperar a que se haga la brasa. Una vez las capas exteriores se han ennegrecido y abierto, se envuelven en grupos de 25 aproximadamente en varias hojas de papel de periódico y se dejan como mínimo una hora para que acaben de cocerse con su propio calor.
Actualmente, esta delicatessen de la cocina popular catalana se acompaña de la salsa romesco (hecha de tomates, ajos, pan, almendras, avellanas, pimiento rojo, romero, aceite de oliva, vinagre, sal y pimienta).
Tras los calçots, y el lavado de manos oportuno (quedan totalmente negras), se asan butifarras sobre las brasas y se saborea acompañada de vino o cava.
Lo más interesante es que, aparte de sus propiedades diuréticas, tonificantes y digestivas, se le atribuyen cualidades afrodisíacas. Me da a mí que esto tiene algo que ver con el guarreo colectivo de los dedos impregnados de tizne y salsa goteante...
La salsa Romesco con los CalÇot esta tremenda :D
ResponderEliminarEso si, la que hacen por las montañas que la industrial esta muy mala :D