Resultó ser una torre adosada a una iglesia, levantadas en un cerro llamado "cerro dos aforcados", ya que allí se enterraba a los malinos (como dice mi abuela), o a los ajusticiados.
Su altura, de 76 metros, hizo que durante años fuese un referente para los barcos que navegaban por el Duero. Tras consultar a Carlos y María a posteriori, constato que no expresan mucha admiración por este monumento. Seguramente la visita a la Iglesia de San Francisco les impide apreciar los detalles de esta obra, porque tenerlos, los tiene. O eso dicen las guías.
Acto seguido, María, como buena friki de los libros, convenció a Carlos para visitar la librería Lello. Un lugar tumultuoso, lleno de libros y vacío de encanto. En otra época seguro que debió ser un lugar con alma, pero la masiva afluencia turística lo ha ido despojando de ella, cual "Es quatre gats" en Barcelona. Carlos dice que mejor no poner fotos.
El almuerzo del día (en Andalucía se le llama así a la comida fuerte, de las 2 de la tarde en lugar de al desayuno, como se dice en Catalunya) les volvió a sorprender: un plato de "frango" de menú (exquisito) y un plato de bacalao con patatas (naturales, no congeladas), con bebidas y postre, por 17 lerus. María pensó que el pollo estaba incluso mejor que el que cocinaba Carlitos. Pero nunca se atrevió a decirlo en voz alta. Por si las moscas.
Para los lectores viajeros que quieran ver Oporto: la empresa que lleva la ruta se llama Blue Dragon, y aunque en la oficina no tengan ni idea del recorrido que hace, os podéis fiar. Acaba de empezar y aún no tienen mucha publicidad.
Respecto a sitios bonitos que visitaron, reseñar la Iglesia y Convento de Santa Clara, de estilo manuelino. Carlos se enteró súper bien de toda la explicación, pero María se quedó embobada con la decoración interior y no paró de sacar fotos.
Trotando más que caminando detrás de la guía, Carlos se iba deshidratando lentamente y María no se daba cuenta de las agujetas mortales que se estaban ganando a pulso. Callejearon por el centro histórico, con más de 10 siglos de historia, ya que el terremoto de 1755 no le afectó tanto como a la capital y no tuvieron que reconstruirlo de nuevo.
Cruzaron por el puente de Luís I, que venía a sustituir a uno colgante de cuerdas al cual precedía uno hecho a base de tablas de madera que se apoyaban sobre barcas. En la huída de los portugueses por la persecución francesa, media ciudad intentó huir a través de este puente, que no soportó el peso y se acabó hundiendo, causando una gran tragedia. He aquí la placa que recuerda el hecho:
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