Antes de comenzar el tercer día, María se empeñó en
meterse en una cafetería de portugueses (más guiris no, por favor) que resultó ser todo un acierto para ella, pero no para Carlos. La cafetería Mónaco llevaba el nombre y una maqueta de la ciudad donde él pasaba últimamente la mayoría de horas que trabajaba. Pero el soponcio se le pasó pronto...al probar las tostadas portuguesas, que están hechas de un pan súper suave, llevan la mantequilla ya derretida y se sirven, cortadas, de dos en dos. DELICIOUS!
Cualquiera que pasara por allí se preguntaría qué estarían mirando con tanta atención dos guiris, uno al lado del otro, concentrados en la zona de la fachada donde sólo se ven ladrillos. Fácil: la guía acababa de explicarles que las dos líneas horizontales esculpidas en la piedra eran la medida unificada del mercado de textiles que se celebraba, en aquel entonces, fuera de la catedral, y que había sido impuesta por el rey.
Se encontraban también allí un barco y una estrella, pero a estas alturas estos datos ya no permanecen en la memoria de nadie. Al igual en la de la guía sí.
Más adelante, haciendo un alto en el camino, pudieron constatar que a los portugueses también les gusta hacer tonterías. Atención, si no, al espontáneo que se coloca delante de la cámara al intentar sacar una foto de una carnicería:
Las última parada interesante antes de marchar a Lisboa fue en la Iglesia de San Francisco. Les cobraban todo un pastote por la visita, y mientras Carlos se esperaba tranquilamente bajo el sol portugués, María hacía un recorrido por una de las iglesias más bonitas de todo Portugal. No hay palabras para describirla, sólo diré el comentario que me hizo mi amiga belga Paula después de visitarla: "I felt so dizzy that I had to leave the church, it was too much!!!"
Con gran pena y desazón, dejaron Oporto y se adentraron en la capital: desde luego, el encanto descubierto en Oporto sería insustituible. Carlos y María se sientieron como en Barcelona, pero con otra lengua y otros monumentos diferentes. A destacar el monasterio de los Jerónimos, construido por el rey Manuel I de Portugal (de ahí que los monumentos erigidos durante su mandato sean de estilo "manuelino")
para conmemorar el regreso de la India de Vasco de Gama.
Con gran pena y desazón, dejaron Oporto y se adentraron en la capital: desde luego, el encanto descubierto en Oporto sería insustituible. Carlos y María se sientieron como en Barcelona, pero con otra lengua y otros monumentos diferentes. A destacar el monasterio de los Jerónimos, construido por el rey Manuel I de Portugal (de ahí que los monumentos erigidos durante su mandato sean de estilo "manuelino")
En él están, de hecho, las tumbas de Vasco de Gama, Luis
de Camoes y Fernando Pessoa (un personaje interesante éste último, con trastorno múltiple de la personalidad y a la vez uno de los mayores poetas portugueses).
La luz blanquecina y cegadora de Lisboa les descubrió, como en una postal de Cádiz, la Torre de Belem, una de las pocas
Situada en la desembocadura del río Tajo, sirvió de torre de recaudación de impuestos para poder entrar a la ciudad.
Para terminar, vieron el monumento a los Descubrimientos, con un mirador espectacular (o eso dicen los que subieron, porque a estas alturas a este par de mozos les quedaba más bien poquillos lerus y no lo disfrutaron).
Como final de la aventura, fueron a Lagos, en el Algarve, donde se concentraba el mayor número de guiris por metro cuadrado del universo. En serio, hicieron las cuentas. Les gustó más Faro, donde fue posible, tras 2 horas de travesía casi transoceánica, disfrutar de una playa casi virgen y un agua cristalina, que con la bajada de la marea dejaba ver lo que parecían ser los restos de un antiguo velero...
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