sábado, 12 de febrero de 2011

Raíces


Era el año 1914, y en la República Oriental del Uruguay comenzaban a notarse, sobre todo en la tecnología del mundo rural, los efectos del enriquecimiento del país gracias a la exportación de lana y carne. (La carne de las vacas más felices que he visto en mi vida). Comenzaron a construirse molinos de viento para extraer agua de los pozos. En fin, el país estaba en un buen momento, tanto que se le llamaba "la Suiza de América". (Nada que ver con la actualidad, desgraciadamente. La Suiza de América actual está en Bariloche, Argentina, y lo único que hay son pijos esquiando).

Por estas mismas fechas llegaron a Montevideo tres hermanos: Salvador, Antonio y Sebastián, atraídos por la noticia de la demanda de cerrajeros y herreros para la construcción de dichos molinos. Tuvieron tanto éxito que también se decidió a emigrar el hermano que se había quedado en El Puerto de Santa María, José, con su mujer (Chana) y sus tres hijos.

Al año de su partida (antes que nada, decir que aquí ya se sembraba la semilla del carácter fuerte de esta estirpe...), la Chana consiguió que un barco mercante la llevara, con sus tres hijos, a Montevideo, a buscar a su marido (el cual debía estar pasándoselo pipa, ya que ni enviaba cartas ni ná de ná). Entre molinos y vacas, logró dar con José, el cual no tuvo más remedio que acatar la orden de su mujer y volvió a su ciudad natal. (Menos mal, si no, yo no estaría aquí!)

Cabe reseñar que el mismo barco que los trajo de vuelta a los cinco, se hundió en el siguiente viaje a Uruguay. Casualidades de la vida... (o un iceberg invisible, quién sabe).

Salvador, Antonio y Sebastián se quedaron en Uruguay, donde hicieron sus respectivas vidas. José, el hijo de la Chana, engendró 9 retoños, que a su vez engendraron más retoñitos, entre los que me encuentro yo, su nieta.

Por medio de diversas y emocionantes pesquisas entre los baúles más antiguos que dejó mi abuela (una caja de cartón) se sabe que Salvador tuvo 14 hijos, que tuvieron a su vez hijitos que a día de hoy, en el 2011, estarían aún correteando por el Uruguay.

(Esta pinta tenía Salvador con 19 añitos)

En el año 2011 (valga la redundacia), le da a una de las nietas de José por enamorarse perdidamente de un uruguasho (perdón, uruguayo) y emprender un viaje que resultaría casi, casi, mágico, pues le llevaría, en una calurosa mañana del mes de enero, a plantarse delante del número 49 de la Avenida 18 de julio y tocar el timbre.

Las páginas amarillas online hacen milagros, y en este caso permitieron que encontráramos, a la tercera shamada (perdón, llamada), a un descendiente directo de mi tío-abuelo, quien me dio sus señas para que pudiéramos acercarnos a su casa.

Al entrar nos recibió una muchacha morena, timidísima, que nos hizo pasar a mi hermano, a mi Carlitos y a mi persona, a un comedor donde tenían preparadas las sillas. El primo segundo de mi madre nos recibió tras su enorme panza y nos estuvo explicando lo que él sabía de nuestros familiares. Por lo visto todos habían hecho fortuna allí, y había muchos más primos a los que buscar. Lástima que no dispusiéramos del tiempo necesario...

El momento cumbre fue cuando, viendo las fotos que le llevábamos, le pidió a su mujer que le trajera la Biblia. La abrió por una página y apareció una copia exacta, exacta, de la foto que le llevábamos. Ésta era la foto que llevamos nosotros de la cual ellos tenían una copia. Se llamaba Diego, (primo segundo, también), tenía aquí 16 años (vaya por Dios!) y acabó muriendo por sucesivos derrames cerebrales que le provocaba su profesión, boxeador. Todo un personaje.



Me sentí como en Regreso al Futuro, pero al revés. Bueno, o algo así.

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