El día 12 de julio salían de Palautordera a Portugal dos currantes eufóricos por estrenar su primer día de vacaciones. Después de un año bastante duro por temas laborales y climatológicos (consultar las temperaturas mínimas de este invierno en el Vallés Oriental) se colgaron las mochilas a la espalda, llenas a no poder más y tiraron para el aeropuerto.
Eran Carlos y María, dos almas perdidas por el mundo, que no sabían cómo, se habían ido a encontrar hacía un año. Estaban a punto de empezar sus primeras vacaciones juntos.
Con el beneplácito de la Renfe, que esta vez les permitió llegar a su destino sin retrasos (la lotería les tocó, vamos!) lograron coger el avión a tiempo: a la hora y cuarto estaban en el aeropuerto de Oporto.
Ella iba pensando que era una casualidad, haber nacido en El Puerto y aprovechar el verano para ir a El Puerto. Pero no el suyo, natal, sino O Porto, que significa lo mismo en portugués.
Desde luego las dos ciudades no se parecían: con 3 veces más habitantes que su ciudad natal, daba la impresión de ser 3 veces más pequeño, más acogedor y más auténtico. Con sus calles estrechas, sus tejados desiguales, sus abuelas enlutadas y su comida sabrosísima, parecía un rincón por el que el tiempo no había pasado, estancado, impermeable a los cambios.
No era una ciudad ostentosa ni quería serlo, su carácter quedaba reflejado en el siguiente dicho porpular: "Lisboa gasta, Coimbra estudia, Braga reza y Oporto trabaja". Era una ciudad obrera, sencilla, popular.
En fin, llegaron nuestros protagonistas a un albergue con aspecto de haber sido construido en la posguerra y no haber sido pintado hasta nuestros días... Pero para su fortuna, el carácter increiblemente acogedor y familiar del personal hizo que compensara quedarse allí, y la sonrisa volvió a sus caras. Carlos empezó, en ese momento, a no desconfiar tanto de Internet. Y María daba gracias por no haberse metido, una vez más, en un antro inhabitable (como ya había ocurrido en repetidas ocasiones).
Visitaron, en primer lugar, la estación de trene
s de San Benito con sus increíbles paneles de azulejos resumiendo importantes capítulos de la historia de Portugal. La guía les explicaría más tarde que el nombre de Sao Bento se debía al monasterio que había antes en ese mismo solar, y que para edificar la estación tuvieron que esperar unos cuantos años hasta que se muriera la última monja que vivía allí. (Nada de mobbing inmobiliario, ¡cómo cambian las cosas!)
Por la noche, camino del restaurante Mal Cozinhado, se toparon de frente con el hermoso río Duero, cruzado por sus 6 puentes y ofreciéndoles una linda vista sobre las bodegas de Vila Nova de Gaia.
Estaban a punto de disfrutar de un espectáculo de fados, del que luego se enterarían (también por la guía) que era bastante guiri, ya que los fados son típicos de Lisboa, y de un bacalao exquisito.
Coincidieron en que lo mejor del día había sido el almuerzo. Los siguientes platos, con bebida y postre, les salió por 5 euros!!!